domingo, 10 de diciembre de 2017

9 Carretera federal 51 [Comonfort]


Escudriñé las sombras en busca de un sitio seguro donde estacionarme. El coche perdía potencia y no tardaría en detenerse.
Los escasos autos que pasaron por el lugar siguieron de largo, desconfiados.
―Despídete de la entrevista de trabajo ―me dije; en el silencio parco de la madrugada mi voz era un reclamo.
Luego de un rato, vi venir por la orilla de la carretera a un hombre montado en un buey.
―¿Puedo ayudarte en algo? ―preguntó.
―Desde luego, si sabe de mecánica o remolca mi carro con su toro ―respondí en son de broma.
El hombre apenas se sonrió.
―Este rumbo no es seguro, en realidad nunca lo ha sido. Voy para Comonfort, si quieres te llevo en ancas.
―Falta poco para que amanezca; esperaré.
―Como quieras. A veces uno no sabe que es un fantasma y cree que todavía está vivo ―musitó el desconocido y espoleó al animal.

martes, 21 de noviembre de 2017

8 Los nombres que dejó el olvido [Manuel Doblado]



Hoy pocos saben que la ciudad se llamaba Piedra Gorda. La leyenda que da significado a tal nombre, en apariencia sin sentido, tiene su origen mucho antes de que Nuño de Guzmán asolara estas tierras. Cuando jefes otomíes, chichimecas y toltecas gobernaban desde un peñasco en forma silla, a las faldas del cerro Chiquihuitillo. Para acabar con la idolatría e impedir cualquier sucesión de gobierno, los evangelizadores destruyeron el trono rocoso y antepusieron al nombre original del asentamiento el de San Pedro; quizá rememorando aquello de “tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia”. Muchos años después, Manuel Doblado, soldado liberal de la Reforma y ferviente seguidor de don Benito Juárez, se propuso reconstruir el antiguo trono y restituirlo a sus herederos naturales. Mientras tanto, la ciudad lleva su nombre.

lunes, 20 de noviembre de 2017

7 Lección de historia [Celaya]


—Yo estuve presente en la Batalla de Celaya, donde derrotaron al Centauro del Norte, y de su famosa División no quedaron ni rastros. Pero el costo que pagó mi general Obregón por el triunfo fue alto, y doloroso.
El dueño del bazar de antigüedades es un hombre mayor, pero se nota a leguas que no le alcanzan los años para ser contemporáneo de la Revolución.
Y así se lo hago saber.
—¡Ah que gente tan desconfiada hay hoy en día! ―responde sin inmutarse―. Por si le interesa, también tengo la pierna de mi Alteza Serenísima y los pies chamuscados del último tlatoani. ¿Quiere verlos?

jueves, 16 de noviembre de 2017

6 Donde van a beber agua [Atarjea]



Por aquí nunca ha pasado nadie gritando: ¡Viva la Independencia! ¡Viva la Reforma! ¡Viva la Revolución! Por eso le pregunto: ¿qué es eso?, ¿con qué se come?, ¿en qué nos beneficia? Si acaso, ahí de vez en cuando se aparece por Atarjea algún extraño que ha perdido el rumbo. ¡Vaya usted a saber qué pasos lo trajeron pa’ca pal’ monte! En fin, amigo, en esta tierra dejada de la mano de Dios y del Diablo, todos somos gente de bien. ¿A nosotros qué nos importa quién es usted, qué fue lo que hizo, de quién anda huyendo? Ande, mejor bébase este jarro de agua fresca, se le nota que viene muerto de sed.


miércoles, 15 de noviembre de 2017

5 El poeta, el desahucio y el vandalismo [Apaseo el Grande]


“Un poeta es un ser desahuciado. El amor, los hijos, la vida en general son entidades etéreas que el bardo no puede ver con la misma objetividad con que lo hace el resto de los mortales. El único momento en que el poeta consigue materializar el mundo que lo rodea es cuando lo convierte en palabra escrita, aunque jamás nadie lo lea”.

Inscripción conmemorativa en una placa de bronce en la casa donde nació el poeta Antonio Plaza, en Apaseo el Grande, Guanajuato. Debajo alguien grafiteó con letras rojas:

(“Y me vale madre lo que digan los güeyes de Allá Arriba”)

lunes, 13 de noviembre de 2017

4 Origen [Apaseo el Alto]


Ustedes, los habitantes de Allá Abajo, presumen de tener entre sus personajes ilustres a un poeta y a un dramaturgo. Está bien, sería de tontos negar la importancia del arte en la vida de todos los pueblos. Pero aquí, en Apaseo el Alto, también tenemos lo nuestro. Y si no me cree, nomás juzgue. Por un lado, somos herederos del más grande alfarero del que se tenga razón; y por el otro, somos descendientes de dos ilustres trabajadores de la madera… ¿Qué quiénes son ellos? ¡Ave María Purísima, compadre! ¿De qué le sirve tanta poesía y dramaturgia si desconoce lo esencial? Si no pronunciamos sus nombres en voz alta es por recato. Pero puede sacar sus conclusiones, ¿no cree?

viernes, 10 de noviembre de 2017

3 Apuntes de toda una vida [San Miguel de Allende]


Vine a San Miguel de Allende en busca de la paz que tanto necesitaba, esa paz que nunca tuve en mi eterno ir de aquí para allá por el mundo. En mi trabajo, servir a tu país es más de sacrificios que de compensaciones. Cuando llega el retiro, y con él la hora de borrar el pasado y comenzar de nuevo; en un instante eres nadie. Fue entonces que una voz en mi interior me dijo: “Vete a San Miguel de Allende, Guanajuato, allá está tu destino, allí siempre tendrás a la mano todo lo que quieras. Y si la nostalgia te acosa, habrá cientos, miles de tipos como tú en el parque, en el café, en el restaurante en que te metas. No seas güey, Johnny, ya no lo pienses tanto. Vete a San Miguel y vive como rey. Yo sé lo que te digo…”.


Green, Johnny, “el Fantasma”, Memorias de un ex agente de la CIA que se jubiló con horrores.

jueves, 9 de noviembre de 2017

2 A quién le dan pan que llore [Acámbaro]


A una seña del panadero, la niña entra en el local y toma la pieza de pan que le ofrecen, que guarda en una bolsa de plástico.
—¿Por qué no lo comes? —la cuestiona el buen hombre.
La chiquilla se encoje de hombros; responde con su vocecita frágil:
—Siempre hay alguien que tiene más hambre que yo.
Conmovido por las palabras de la mendiga, el viejo panadero ordena a su ayudante que triplique la caridad. Agrega, orgulloso:
—¡Un ejemplo que todos deberíamos de seguir, de vez en cuando!
Mientras tanto, a la vuelta de la “Panadería Acámbaro” media docena de perros callejeros gruñen, impacientes.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

1 Desprotegidos [Abasolo]*


En cuanto el sol se pone detrás de la loma, los habitantes de Abasolo se refugian en sus casas. El miedo que transpira el ambiente sofoca. Los niños meriendan y corren a sus camas; agazapados bajo las cobijas, se estremecen al ritmo de sus pequeños corazones hasta que el sueño consigue apaciguarlos. Las mujeres van y vienen por las casas, en silencio. Los hombres charlan en voz baja, temen que sus palabras atraviesen las paredes y, arrastradas por la brisa espesa de la noche, lleguen a ese sitio en donde nacen las sombras. A veces no falta algún varón que, avergonzado de su cobardía, empuña la escopeta y amaga con salir en busca de la bestia. Recuerda que hace apenas unos días, el señor cura dijo en el sermón que el peor de los enemigos es el miedo, y deben enfrentarlo. Sin embargo, a nadie pasó desapercibido el tono frágil de su voz y que, mientras hablaba a los fieles, no dejaba de mirar con insistencia el nicho del santo patrono, guardián del lugar, vacío desde hace meses.
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* Los nombres que dejó el olvido es un libro-homenaje inspirado en cada uno de los 46 municipios que conforman el estado de Guanajuato, incluida su capital, del mismo nombre.


lunes, 23 de octubre de 2017

Predicar en el desierto o la piedra que mató a Goliat


Poco antes de morir, un anciano dijo a su primogénito:
―Toma, es la herencia que un día me dio mi padre.
―¿Y para qué sirve esta piedra? ―preguntó el joven, sin poder ocultar su decepción.
―Debo reconocer, hijo mío, que nunca supe qué hacer con ella, pero tampoco me preocupó demasiado. Espero que tú le encuentres destino mejor.
El joven aceptó la piedra. No estaba seguro si su padre desvariaba o si, como filosóficamente prefería creer, el viejo pasaba por el momento más lúcido de su vida, y le concedía su bien más preciada.
Después del funeral, el primogénito fue echado de la casa familiar por sus demás hermanos.
―Anda, ve a buscar fortuna con tu herencia ―se burlaban.
El primogénito se marchó y nunca se volvió a saber de nada de él. Hay quien dice que se hizo filósofo y ha escrito grandes tratados sobre el significado de las piedras rodantes; otros dicen que vive en una cueva, que se le considera un santo, pues ha sido capaz de convertir las piedras en pan; otros más aseguran que se le amargó la vida y que, rencoroso, no dudó en hacer de la piedra un arma terrible que usa contra todo el que pasa cerca de él. Los más fatalistas aseguran que se colgó la piedra al cuello y se arrojó a una charca. 
Sólo la piedra sabe lo que pasó con él.

sábado, 7 de octubre de 2017

Mudanza


Aquello era un desastre: libros desparramados por aquí y por allá, sillas volcadas, la mesa del comedor patas para arriba, cuadros ladeados y otros estrellados sobre el piso... Habría querido devolver cada cosa a su sitio y seguir como si nada hubiera pasado, pero una voz lejana me ordenó dejar todo como estaba. Es imposible que vuelvas a acomodar un recuerdo a modo, agregó.

"Silla rota" (Foto / Collage: max)

lunes, 11 de septiembre de 2017

Una botella al mar


—Firme aquí —así lo hice, me entregó la carta y se dio la vuelta para irse, pero se regresó—. Perdone, ¿tiene perro?
Toda familia tradicional que se precie de serlo tiene al menos uno, así que mentí:
—Tenía una perrita schnauzer mediana, color sal y pimienta, y muy buena para clavar colmillos en los chamorros de la gente, pero la mató el parvovirus.
—¡Una gran pérdida! Reciba mis condolencias —dijo el hombre, poniéndose la emblemática gorra de su gremio sobre el pecho.
—¡Si supiera cuánto la echamos de menos! —me lamenté, extrañando a … Lana; de tenerla, ese habría sido su nombre, me dije.
—Lo imagino.
—Ahora, en casa sólo queda un viejo gato negro, que se gasta la vida del sillón a cocina. ¡Ni por enterado de lo que sucede por aquí! Con un ritmo de vida así, cómo no van a tener siete o nueve vidas. ¡Hasta más!
—Pues lo mejor que pude hacer, amigo, es comprarse otro perro.
—Gracias, lo contemplaré una vez resuelto el duelo.
—Primeramente, Dios.
El cartero se calzó la gorra y montó en su bicicleta. Lo vi alejarse lentamente por la avenida, pedaleando con la displicencia del burócrata que espera que la jubilación lo alcance de un momento a otro.
—Pobre hombre —murmuré; las palabras me dejaron un sabor amargo en mi boca.
Recogí del piso tres piedras no muy grandes —aproximadamente 3x5 cm— y apunté la primera a su cabeza. La piedra pasó zumbando a centímetros de la gorra color beige; el cartero quizá pensó que se trataba de un pájaro o un insecto, pues movió el manubrio bruscamente hacia la izquierda. La segunda piedra me avergonzó: se clavó en el piso, a un par de metros detrás de la rueda trasera de la bicicleta.
—Esta es la buena —me animé; me puse de costado izquierdo, levanté la rodilla, giré el cuerpo hacia atrás y me impulsé al frente…
—¡Puta madre! —aborté la maniobra: mi mujer doblaba la esquina en ese instante; ya me había visto y me saludaba con la mano en alto.
Dejé caer la última piedra y fui corriendo a su encuentro.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Café pendiente


Afuera la ciudad se inundaba. Tras titubear un poco, entró al café y enfiló en dirección a mi mesa. Parecía enfermo, pero una inspección a “vuelo de pájaro” quitó de mí esa idea. Dejé lo que estaba haciendo —mirar alrededor, sorber mi capuchino, echar un ojo al teléfono y responder algún mensaje— para detener al mesero que venía con una escoba en la mano. Yo me hago cargo, le dije. ¿Seguro?, insistió. Sí, respondí. Joven... ¿No sería mejor que tomara mi orden?, se envalentonó el pajarito, sacudiendo sus alas empapadas con pequeños vuelos del respaldo de la silla al centro de la mesa.

miércoles, 5 de julio de 2017

Cavilaciones


Vivía conmocionado por la tragedia que lo dejó en la orfandad. Las consultas al terapeuta apenas sirvieron para hacerlo recrear el pasado por años. El carácter se le agrió, llevaba siempre bajo la dermis los rencores. Hasta que al fin un día estuvo frente al asesino despiadado de su familia. «Te he matado tantas veces que no sé si una más haga la diferencia», le espetó. «Yo soy más práctico, a mí me basta con hacerlo una sola vez», le respondió aquel antes de disparar. El cristal que separaba a los dos quedó hecho trizas.

viernes, 9 de junio de 2017

martes, 18 de abril de 2017

La otra Penelopea


A ella jamás se le vio detrás de la ventana con el tejido de la espera sobre el regazo,  celebraba con vino y carne asada, brindando con sus recuerdos de mañana.

Imagen de @reddwalitzki

martes, 21 de marzo de 2017

Dar de comer al hambriento


En recuerdo del tío Tarcisio, papá de mis primos García Soto

A tío Chicho se le ve por el mercado con una bolsa de mandado en cada mano. Los dependientes de los puestos lo saludan con familiaridad porque seguro tienen un aparato electrónico o una máquina de escribir que tío Chicho reparó alguna vez, y le ofrecen sus mejores chiles, cilantro, jitomates, cebollas. Como también es administrador de la Unión Ganadera local, eso le asegura a la familia de tío Chicho barbacoa y montalayo de primera; las carnitas y el chicharrón más frescos; los bistecs y las costillas más suaves. Fruta de temporada, jugos de naranja y de zanahoria, tortillas y semitas, dulce de membrillo y gelatinas con rompope completan el mandado.
Es por todo eso que a media mañana los sobrinos, hermanos y cuñadas de tío Chicho se aparecen sorpresivamente por la casa. Entre saludos y bostezos, Lalín sepulta el trozo de barbacoa en sus dos tortillas con salsa pico de gallo. «¡Uta, pica un chingo!», se queja el Gabo Gordo,  y pide a Toni que le sirva un vaso de jugo de naranja. A eso de la una de la tarde el lugar comienza a vaciarse. La última en dejar el comedor es tía Trini, que muy seria le dice a su esposo que no deje remojar tanto los trastes, porque se apestan.
—¡Y apúrate a ir al mercado, Chicho, que ya casi es hora de comer!


Las metamorfosis de Diana (Fábulas para leer en el naufragio), Lagarta azul, 2015.

martes, 24 de enero de 2017

Juicio



A donde quiera que voy, oigo  decir a la gente que bajo la capucha del verdugo se oculta el rostro de un hombre triste y atormentado por sus actos. Nada más lejos de la realidad: por las noches, cuando me despojo de la máscara, sólo veo a mi propio verdugo, que aguarda paciente.